La Noche del Halcón y el Conejo
Me recosté en el hombro de Ethan, sintiendo cómo la brisa suave acariciaba nuestras caras. Comencé a mecer los pies, suspendidos en el aire, disfrutando de la paz que nos envolvía en aquel banco del parque. Era una calma tan grande, tan anhelada, que no quería desperdiciar un solo segundo. Ethan siguió en silencio, respetando el momento. Puse mi mano en su pierna, sintiendo el calor de su muslo a través de la tela de su pantalón, y continuó meciendo mis piernas.