Capítulo 2

Damián exhaló con frustración, empujando esos pensamientos fuera de su cabeza. No servía de nada imaginar lo que no podía tener. Elena tenía novio, por más que ese imbécil no la valorara como debería.



Pero si algún día ella decidía dejarlo…



Sacudió la cabeza, apagando la ducha bruscamente. No podía permitirse pensar de esa manera. No cuando ella seguía atrapada en una relación que, a juzgar por lo que había escuchado, estaba llegando a su límite.



Se pasó una toalla por el cabello, mirándose en el espejo con el ceño fruncido. Su reflejo le devolvió la mirada con la misma intensidad con la que él pensaba en Elena.



No. No era momento de actuar. Pero si ella llegaba a ser libre, él no cometería el mismo error dos veces. Esta vez, se aseguraría de no quedarse de brazos cruzados.



Porque si alguien iba a demostrarle a Elena lo que era ser realmente deseada, no sería su patético novio actual.



Sería él.



Elena, por su parte, no pudo dormir bien esa noche.



Dio vueltas en la cama una y otra vez, con la mente saturada de pensamientos. Sabía que su relación con Bill estaba mal desde hace tiempo, pero se había aferrado a la costumbre, a la idea de que quizás algún día cambiaría. Pero lo cierto era que no lo haría.



Y el problema era que, por primera vez, la idea de terminarlo no le dolía tanto como debería.



Suspiró y se giró hacia la ventana. Su mirada se dirigió automáticamente a la ventana de la habitación de Damián.



Las luces estaban encendidas.



Y entonces lo vio.



Damián pasó frente a la ventana con el torso desnudo, el brillo de la luz delineando cada músculo de su espalda y brazos. Elena se quedó inmóvil, sintiendo cómo su corazón daba un vuelco.



Era la primera vez que lo veía sin camisa.



No apartó la mirada.



Damián se movía por su habitación con naturalidad, ajeno a la forma en que la simple visión de su cuerpo despertaba en Elena un calor inesperado. Tragó saliva y se obligó a girarse en la cama, cerrando los ojos con fuerza.



No podía estar pensando en eso.



Pero su piel ardía como si lo estuviera.



Se cubrió la cara con la almohada.



"Deja de pensar en él", se dijo.

Varios dias después, las cosas con Bill no estaban ni bien ni mal. No habían discutido más, pero tampoco habían hablado de lo que pasó aquella noche. Simplemente, todo seguía igual.

Eso sí, él había empezado a mostrarse más agradable con ella. Pequeños gestos, como preguntar cómo había estado su día o invitarla a ver televisión juntos, aunque Elena sabía que no le interesaba demasiado. Era como si intentara compensar algo, pero sin esforzarse demasiado.

Aun así, en las noches que Bill no venía al departamento. No le avisaba con antelación, pero Elena sabía dónde estaba: en casa de sus padres.

La familia de Bill tenía dinero, y él nunca había tenido que preocuparse demasiado por nada. Si no estaba con ella, era porque seguramente prefería la comodidad de su hogar, donde todo le era servido sin esfuerzo.

Elena se preguntó si eso era lo que realmente quería en una pareja: alguien que se conformaba con la facilidad, sin pelear por lo que tenía.

El sonido del celular sacó a Elena de sus pensamientos. Al ver el nombre en la pantalla, frunció el ceño con curiosidad.

—¿Hola?

—Estoy en tu puerta —dijo Amanda sin rodeos.

—¿Qué?

—Lo que oíste. Estoy aquí afuera, abre.

Elena parpadeó sorprendida, pero se apresuró a abrir la puerta. Allí estaba su mejor amiga, apoyada contra el marco con los brazos cruzados y una expresión decidida.

—Amiga, estoy esperando que me invites a pasar.

Elena rodó los ojos con diversión y se hizo a un lado.

—Pasa, drama queen.

Amanda entró con confianza, dejó su bolso en el sofá y miró a su alrededor con gesto crítico.

—Dime que al menos tienes vino —comentó mientras se dirigían al cuarto de Elena.

Elena negó con la cabeza y se dejó caer en la cama con un suspiro.

—Amanda, estoy cansada.

—No, estás harta —corrigió su amiga, sentándose a su lado—. Y lo sabes.

—Creo que ya no quiero estar con Bill.

Amanda sonrió con satisfacción y se cruzó de brazos.

—No sabes cuántas ganas tuve de oír esas palabras desde que estás con él.

Elena dejó escapar una risa breve.

—Sabía que dirías algo así.

—Obvio —dijo Amanda encogiéndose de hombros—. Es que, amiga, no es ningún secreto que ese hombre es… ¿cómo decirlo amablemente? Un cero a la izquierda.

Elena suspiró.

—No es un mal tipo, solo que… no siento que me valore.

—Porque no lo hace —sentenció Amanda—. Y si tienes que justificarlo con un "no es tan malo", ya es señal de alarma.

Elena no respondió de inmediato. Sabía que su amiga tenía razón.

—¿Entonces? —insistió Amanda—. ¿Vas a seguir perdiendo el tiempo o finalmente vas a mandar a Bill a la basura, donde pertenece?

Elena la miró con diversión.

—Qué sutil.

—No me pagan por ser sutil, me pagan por decirte la verdad —bromeó Amanda—. Bueno, no me pagan, pero deberían.

Elena sonrió, pero luego su expresión se volvió seria.

—Solo… necesito reunir el valor para hacerlo.

—Escucha, Elena. No hay un momento perfecto para terminar con alguien. No tienes que esperar a que sea conveniente. Si ya no eres feliz, es razón suficiente.

Elena apretó los labios. Sabía que tenía razón.

—Tienes toda la razón.

—Siempre la tengo, cariño.

Elena soltó una risa y salió del cuarto para traer dos vasos con refrescos.

—Carajo, qué vista tan buena —soltó de la nada Amanda. Elena dejó los vasos en la mesa de su cuarto—. Amiga mía, tienes un vecino sexy como el pecado.

Elena giró la cabeza rápidamente.

—¿Pero mira ese cuerpo? Tiene músculos y está bien guapo. ¿Sabes cómo se llama? —preguntó Amanda.

—Se llama Damian.

—Damian —repitió, probando el nombre—. Uf, hasta el nombre es sexy.

Amanda era completamente diferente a Elena. Mientras que Elena tenía una figura más esbelta, Amanda era curvilínea y lo sabía. Siempre llevaba ropa que realzaba su figura, caminaba con confianza y hablaba con una seguridad que a veces dejaba a Elena sin palabras. Y, en ese momento, esa seguridad la llevó a hacer lo que a Elena jamás se le habría ocurrido.

De la nada, Amanda tuvo la genial idea de abrir la ventana del cuarto de Elena y gritar:

—¡Hola, Damian!

Elena sintió que la sangre se le iba del rostro.

—¡Amanda! —susurró, horrorizada, mientras intentaba jalarla lejos de la ventana.—Cállate.

Pero ya era demasiado tarde.

Damian, que se encontraba sin camiseta, haciendo ejercicios en su cuarto, giró la cabeza con curiosidad al escuchar su nombre. Sus abdominales marcados y su piel ligeramente sudada brillaban bajo la luz del cuarto.

Amanda le dedicó una gran sonrisa y movió los dedos en un coqueto saludo.

—¡Vecino, qué vista tan interesante tenemos hoy!

Elena quería desaparecer en ese mismo instante.

Damian arqueó una ceja y, con una sonrisa ladeada, dejó caer la pesa que tenía en la mano. Luego, con la misma tranquilidad con la que parecía hacer todo, caminó hasta su ventana y apoyó un brazo en el marco.

—Hola, Elena — dijo Damian con sus ojos oscuros posándose en Elena.—¿es cierto que estan disfrutando de la vista?

Amanda soltó una risita y le dio un codazo a su amiga.

—Yo sí, pero creo que Elena es la que más la está disfrutando.

Elena sintió que el calor le subía hasta las orejas. Se obligó a sonreír, intentando mantener la compostura.

—Perdónala, Damian. A veces se emociona demasiado. No le hagas caso, el sol de hoy le afecto un poco.

Damian sonrió aún más.

—No hay problema. Me gusta causar una buena impresión.

Elena reprimió un suspiro y le lanzó una mirada fulminante a Amanda, quien solo le guiñó un ojo.

—Bueno, ya te saludamos, vecino sexy, nosotras nos vamos —canturreó Amanda, cerrando la ventana antes de que Elena pudiera protestar.

Elena se cubrió el rostro con las manos.

—Voy a matarte.

Amanda se echó a reír.

—¡Lo valió completamente!

Y lo peor de todo era que, por más que quisiera negarlo, una parte de Elena también pensaba lo mismo.

I N S T A G R A M: soteriasvibes

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