El umbral del pasado
El motor del vehículo se apagó, pero el silencio que siguió no fue de paz, sino de una tensión eléctrica. La mansión Blackwood se alzaba ante ellos como una fortaleza de piedra y cristal, una arquitectura imponente que, para Elena, siempre había sido más una cárcel que un hogar. Sus manos, apoyadas en el regazo, temblaban levemente.
Alexander, percibiendo su miedo, dejó el volante y cubrió su mano con la suya. El contacto era firme, posesivo, pero cargado de una seguridad