El contrato de las almas perdidas
La oscuridad de la noche en aquella zona industrial era un manto que lo cubría todo, excepto por el neón parpadeante del hotel donde Matías y Flor sellaban su destino. Desde un auto estacionado a media cuadra, dos pares de ojos observaban la entrada con una mezcla de desprecio y cálculo.
Ernesto apretaba el volante, sus nudillos blancos por la tensión. Había visto a Matías entrar con la arrogancia de quien acaba de ganar la lotería, y a Flor recibirlo con la so