La mesa compartida y los nuevos rumbos
El sol de la mañana terminaba de disipar la bruma del jardín cuando las risas del exterior comenzaron a trasladarse hacia el pórtico. Alexander cruzó el ventanal de cristal llevando a Emiliano en hombros, mientras Max caminaba tomado de la mano de Elena. La camisa de vestir de Alexander mostraba arrugas y manchas verdes de césped a la altura de las rodillas, pero la expresión de su rostro carecía por completo de la rigidez ejecutiva que solía caracterizar