Para distraerse de la tormenta de sus pensamientos, inclinó la cabeza hacia la zona de juegos del jardín. A unos metros de distancia, Max y Emiliano jugaban alegremente sobre el césped bajo la atenta mirada de dos niñeras, completamente ajenos al drama que acababa de desplegarse a pocos pasos de ellos. Elena contempló la risa inocente de su hijo y sintió que el corazón se le encogía.
Sin ganas de permanecer allí, se puso de pie, cruzó la estancia principal y subió las escaleras hacia la segunda