Entre el deber y el florecer de un afecto
La sombra de la duda pareció densa en el aire del despacho tras la revelación de Alexander. Julieta avanzó a pasos lentos pero decididos hacia el majestuoso escritorio de caoba, el taconear firme de sus zapatos resonando contra la madera del piso. Sus ojos oscuros recorrieron con detenimiento los trozos de papel arrugados y recompuestos con paciencia sobre la cubierta de piel.
—Este infeliz... —murmuró Julieta, dejando escapar un suspiro de indignación