La carnada
El silencio en el despacho de los Blackwood era casi tangible, interrumpido únicamente por el leve chasquido del péndulo de caoba que marcaba el paso del tiempo desde un rincón de la estancia. La enorme mesa de reuniones, rodeada de sillones de cuero oscuro, congregaba a los presentes en un círculo de tensión contenida. La sombra del peligro ya no era un rumor lejano; se había materializado sobre la madera pulida en forma de pedazos de papel rasgado.
El oficial Carlos se mantenía de