El beso del cazador
La soledad del apartamento se sentía como un refugio frágil. Elena, despojada de las capas de seda y los trajes ejecutivos de Andrea, caminaba por su habitación envuelta en una dormilona de satén rojo. El color, vibrante como una herida abierta, contrastaba con la palidez de su piel. Se acercó al gran ventanal, observando las luces de la ciudad que parpadeaban como promesas rotas.
"¿Cómo estarás, mi pequeño Emilio?", pensó, sintiendo una punzada de dolor en el pecho. Miró el