El rugido del motor
Alexander salió del restaurante como un proyectil; sus zancadas eran largas y erráticas, cargadas de una energía cinética que amenazaba con destruir cualquier cosa que se cruzara en su camino. Julieta, con los tacones resonando contra el pavimento y el aliento entrecortado, lo seguía a duras penas.
—¡Espera, Alexander! —¡Detente por un segundo! —gritó ella, alcanzándolo justo antes de que llegara a su vehículo de lujo.
Él no se detuvo. Sus manos temblaban mientras buscaba la