La invasora
La noche había caído sobre la mansión Blackwood, envolviéndola en una sombra que parecía más pesada de lo habitual. Flor llegó con la arrogancia de quien cree que todavía posee las llaves del reino. Estacionó su auto deportivo con un frenazo que resonó en el patio empedrado, y al bajar, su primera mirada no fue hacia la entrada, sino hacia el segundo piso. La luz de la habitación principal, la habitación de Alexander, estaba encendida.
Un suspiro de puro fastidio escapó de sus labio