El grito del corazón despojado
El calor que emanaba del cuerpo de Alexander, ese magnetismo que siempre había sido la perdición de Elena, se enfrió en un instante. Ella apoyó las manos en el pecho de él y, con un impulso nacido de la desesperación más que de la fuerza física, lo empujó. Se puso de pie con las piernas temblorosas, arreglándose la ropa con movimientos erráticos, como si intentara sacudirse el rastro de un hechizo prohibido.
—¡Ya basta, Alexander! —gritó ella, y su voz resonó en l