El refugio de las sombras
El rugido del motor del deportivo era el único sonido que rasgaba la pesadez de la noche. Alexander conducía con una concentración casi febril; sus manos —aún con los nudillos ligeramente hinchados por la pelea— apretaban el volante con una determinación que no dejaba espacio para la réplica. A su lado, Elena miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad desaparecían para ser reemplazadas por la oscuridad absoluta de la carretera rural.
—Ya es de noche —rom