El reloj de pared marca las once y media de la mañana cuando Joseph Lerner se encuentra concentrado en unos informes financieros. La oficina, amplia y revestida en madera oscura, huele a cuero y tabaco. De pronto, un ligero golpeteo en la puerta interrumpe su concentración.
—Adelante —ordena, sin apartar la vista de los documentos.
Su secretaria asoma la cabeza con un gesto vacilante.
—Señor, tiene una visita.
El señor Lerner frunce el ceño.
—¿Una visita? No tengo ninguna reunión programada par