Barron Hill cierra de golpe la puerta de su oficina, haciendo temblar los ventanales. Su asistente apenas alcanza a dejarle los recortes de prensa sobre el escritorio antes de salir corriendo, como si presintiera la tormenta que se desata en su jefe.
Los titulares se apilan frente a él. No necesita leerlos todos: el mismo veneno se repite en cada página digital, en cada informe de noticiero. Su ceño se frunce con rabia al ver el nombre de su hija convertido en carnada para los buitres mediátic