Julian conduce con el pie pesado sobre el acelerador, el volante cruje bajo la presión de sus manos. El presentimiento lo está devorando con suma lentitud, un nudo en la garganta que se aprieta más con cada semáforo que lo retrasa. Mientras conduce, también va marcando el número de Giorgia en su teléfono, pero al igual que las veces anteriores, no obtiene contestación. Cuando por fin estaciona frente al edificio de Giorgia, se baja casi corriendo.
El guardia lo saluda con un gesto nervioso, co