Luciano respiró profundo frente al espejo de mármol en su oficina. La imagen que le devolvía era sobria y tranquila, pero por dentro albergaba una rabia contenida. Hoy no era solo un día para renunciar, sino para liberarse de una vez por todas, para cortar los lazos heredados que lo habían aplastado bajo ese apellido brillante y cruel.
La sala de juntas se sentía compleja, casi espesa. Todos estaban allí: los rostros conocidos, los que alguna vez aplaudieron por cerrar tratos millonarios, ahora