El clima en Milán esa mañana tenía un tono distinto. La lluvia caía fina, persistente, sin parar. El aire era espeso, opaco, casi inmóvil. Todo parecía ir más lento, como si la ciudad entera fluyera en pausa. Gabriele estaba de pie frente al closet, sin prisa, mirando la ropa colgada como si alguna prenda fuera a resolverle el día. No sabía qué ponerse, no porque no tuviera opciones, sino porque nada parecía coincidir con lo que sentía en ese momento.
Después de tanto pensarlo, optó por un suéte