La habitación olía a sexo y alcohol, impregnada de una atmósfera densa y sofocante.
La madrugada avanzaba sin piedad.
Scott se había sentado nuevamente al borde de la cama, con el torso desnudo, con la cabeza gacha entre las manos.
Una parte de él quería vestirse y largarse.
Otra... no encontré la fuerza.
Detrás de él, Pamela se estira perezosamente, como una gata satisfecha.
—Mmm... —ronronea, alzando la sábana para cubrirse apenas los pechos— ¿Ya te vas, campeón?
Scott no contesta.
Sentía un