—La tormenta no va a ceder —dijo mi madre, forzando una sonrisa de compromiso que no le llegaba a los ojos—. Pero Aras... tampoco nos quedan habitaciones libres para más huéspedes. Sabes que tenemos la casa llena con las visitas de tus tías. ¿Dónde se supone que va a dormir ella?
Fingía preocupación, pero era una fachada barata. Estaba decidida a correrla como fuera, sin importarle que afuera el cielo se estuviera cayendo. Su incomodidad era tan evidente que ni siquiera se molestaba en disi