Melani Fernández
El cerrojo de las puertas dobles cayó con un sonido sordo, aislando el estruendo de la tormenta y los murmullos del vestíbulo. Me quedé de pie cerca del escritorio, con los brazos cruzados, esperando indicaciones.
Aras cruzó por mi lado ignorando el rastro de sangre que goteaba de sus nudillos sobre la alfombra. Abrió un compartimiento oculto, sacó un botiquín de metal de aspecto antiguo y lo dejó sobre la mesa de centro con un golpe seco. Luego se sentó en el sofá de cuero