El desfile de la hipocresía comenzó de inmediato, transformando el jardín en un teatro gélido. Una a una, las concuñadas de Fatma se acercaron a la pareja, tragándose el orgullo solo para cumplir con el protocolo ante el líder del holding. No había calidez en sus gestos; sus sonrisas eran máscaras de etiqueta gélida mientras sus ojos escaneaban con recelo el vestido de Melani y el brillo del diamante.
—Hayırlı olsun, Aras —pronunció la mayor de las concuñadas con una cortesía cortante—. Una