Hüküm / Decreto
Ese vacío sepulcral, sin embargo, duró apenas un instante antes de verse quebrado por un tintineo agudo y seco. A una de las tías, petrificada en su silla de mimbre, se le resbaló de los dedos la fina taza de porcelana que sostenía. El platillo golpeó el adoquinado y el té cayena se derramó como una mancha oscura sobre la piedra, convirtiéndose en el único eco de la estancia. Nadie se movió para limpiarlo. Nadie apartó los ojos de la entrada. Aras los había congelado a todos con un solo movimien