El silencio nunca pronosticaba nada bueno en una discusión. Fatma Köksal viajaba en la parte trasera de su coche con el chófer al volante, conteniendo una humillación sorda que le quemaba el pecho. Haber tenido que rebajarse a montar guardia en el estacionamiento de Nişantaşı, exponiéndose como una madre desesperada ante la mirada analítica de la venezolana, era una mancha insoportable para su orgullo. Detrás de ellos, en su propio auto, Aras manejaba con la mirada fija en el asfalto. La inter