Un silencio denso se instaló en la acera, roto únicamente por el silbido del viento frío que bajaba por las calles de Nişantaşı. Burak, que seguía de espaldas, se quedó completamente estático con las manos en los puños de su camisa. Mantuvo la postura rígida por un par de segundos, con la mandíbula tensa, procesando la audacia de la mujer que acababa de desarmar toda su intimidación con una verdad innegable. Había sido él quien manejó hasta allí, impulsado por un orgullo que se resistía a acep