Se bajó del vehículo con movimientos firmes, cerrando la puerta a sus espaldas con un golpe seco que el chofer recibió en absoluto y respetuoso silencio. Al dar el primer paso sobre los adoquines desgastados de Poyrazköy, el viento norte le golpeó el rostro, arrastrando el olor a salitre, a redes de pesca y a la pólvora de los festejos lejanos.
Pero Aras no miraba el paisaje. Su atención estaba completamente secuestrada por la figura de Melani, que se mecía sutilmente al ritmo del tambor unos