Quedaron a escasos centímetros. El alboroto a su alrededor continuaba; la multitud aplaudía y los ancianos exclamaban «¡Maşallah! ¡Maşallah!» al compás redoblado del davul, pero para Melani el ruido del pueblo se convirtió en un eco lejano. Buscó en la mirada de Aras la rigidez del empresario, pero solo encontró una fijeza oscura, cargada de una determinación implacable y un calor que la recorrió por completo. Estaba sin palabras. La crudeza del gesto, la ausencia de una pregunta formal y la