Aras Köksal
Nadie se movió tras la salida de Matsudaira. Melani permanecía absorta, con la mirada perdida en los papeles que aún descansaban sobre el mantel, como si buscara en las líneas de las rutas comerciales un refugio que la realidad le negaba. Yo, por mi parte, sentía el peso de cada segundo. El tiempo en contra no solo corría en la bolsa de valores; corría en mis venas, hirviendo.
El japonés nos había dejado en standby, ahora dependíamos de una llamada.
El crujido de la pesada