Sr. Matsudaira
Kaito Matsudaira consultó su reloj de pulsera, una pieza de relojería mecánica que no se desviaba ni un segundo al año. Eran las 19:45. Como era su costumbre, había llegado quince minutos antes a la reservación en el Sunset Grill. Para un hombre que había construido su reputación en la puntualidad de las entregas de los Astilleros de Nagoya, el tiempo no era dinero; el tiempo era honor.
Desde su posición estratégica en el reservado, Matsudaira observaba las luces de Estambul reflejándose en el