Dos golpes secos rompieron la burbuja un segundo antes de que la puerta se abriera de par en par.
Yusuf entró con la familiaridad de quien maneja no solo la agenda, sino la seguridad y los secretos del patriarca. Sin embargo, el impulso se le congeló en los pies a mitad de la oficina. Al ver la escena —el cuerpo de su jefe pegado al de su socia, la inmovilidad de ambos, la electricidad estática de una discusión que no parecía corporativa—, el asistente contuvo el aliento, petrificado.
—Per