MELANI FERNÁNDEZ
Todavía sentía el calor en mis muñecas. Cerré la puerta de mi despacho y me apoyé contra ella, obligando a mis pulmones a recuperar el ritmo. En el silencio de mi propio espacio, el eco de su voz rota por el miedo seguía zumbando en mis oídos: «No vuelvas a dudar frente a mí, Melani».
Estaba abrumada, sería absurdo negarlo. La velocidad con la que Aras pretendía hacer el anuncio esta misma tarde me generaba un vértigo real. A mis veintiocho años, el miedo no era la situa