La figura de Aras Köksal avanzando por el salón no era solo la de un hombre caminando; era la de un rompehielos atravesando un mar congelado. El murmullo de las sedas y el tintineo de las copas se detuvieron. Los embajadores interrumpieron sus frases y las damas de la beneficencia, con Nermin Karaman a la cabeza, contuvieron el aliento. Fatma, junto a una Sibel que intentaba recomponer su sonrisa, observaba cómo su hijo ignoraba la jerarquía de la sangre para dirigirse hacia el balcón.
Mela