Melani no se tensó ante la presencia del hombre. Si el salón era un nido de serpientes, el balcón acababa de ser ocupado por un lobo, y curiosamente, el lobo parecía más honesto.
Arkan Öztürk no era un desconocido para nadie que manejara un puerto en el Mármara. A sus treinta y cinco años, solo uno más que Aras, era el heredero de la siderúrgica que mantenía a los Köksal en una vigilia constante. Los Öztürk no eran solo empresarios; eran un linaje que se jactaba de ser "la esencia de Turquía".