ALEJANDRO
Después de besarnos apasionadamente, ambos salimos de la sala del piano, con chupetones por todas partes.
—¿Tienes algún plan para hoy? —pregunté, y ella negó con la cabeza con timidez—. ¿Ni uno solo?
—Es fin de semana —murmuró—. Pensaba pasar todo el día en casa, necesito descansar un poco.
—¿Ah, sí? —la provoqué.
Asintió, evitando mi mirada.
—¿Entonces no estás dispuesta a salir conmigo? —pregunté, sin saber por qué deseaba pasar todo el día con ella.
—No me importaría —dijo, y pude notar que se sonrojaba intensamente—. ¿Un parque o…?
No tenía nada planeado; solo quería pasar más tiempo con ella, hablando o simplemente mirándonos en silencio. Hiciéramos lo que hiciéramos, no era exactamente un problema.
Eso me recuerda: el señor Alberto dijo que su paquete llegaría esta mañana, ¿por qué aún no hay rastro de él?
—Buenos días, señor —saludó Nona, acercándose a Catalina y a mí con una caja envuelta en la mano—. Hay un paquete para la señorita Rivas.
Los ojos de Catalina se ab