CAPÍTULO 29. Los amo, mis osos...
Bells tenía los ojos cerrados. Su mente vagaba en la niebla de los sedantes, pero a medida que estos se disipaban, comenzaba a escucharlos. Kiryan lloraba y Stefano estaba desesperado.
Abrió los ojos despacio y enseguida los tuvo pegados a sus costados.
—¿Estás bien? —susurró Kiryan, con su mano sobre su frente.
Ella asintió lentamente, aunque no era del todo cierto. Su garganta estaba seca y tenía la sensación de que no podría hablar ni aunque quisiera. Aun así intentó hacerlo.
—¿Qué tan malo.