Al amanecer Adam salió de la cama muy temprano y se vistió; pidió a la recepción un desayuno para mí y otro para él. Comimos bajo un incómodo silencio, que yo terminé rompiendo, incapaz de soportar esa fría tensión que manaba de él.
—¿No... irás a conocer al bebé?
Su tenedor se paralizó sobre el plato.
—No es buen momento. Tengo otros compromisos. Volveré a casa la semana siguiente.
Yo también bajé la vista. Adam había pasado de esperar con emocionada expectación el nacimiento de nuestro bebé a