9. COBARDÍA
—¿Qué... has dicho?
En cuanto escucha mi negativa a ceder al divorcio, mi esposa palidece en mis brazos, aun con lágrimas de resistencia brillando en sus verdes ojos. Tiembla y respira con agitación; parece a punto de desvanecerse. La culpa que me consumía por haber provocado indirectamente la enfermedad de Alexandra y que me hizo besarla no es nada en comparación con la torturante emoción que me invade ahora.
—No puedo firmar el divorcio y darte la libertad que esperas, porque te irás y nunca m