—¡Apúrate! —Irene, sin saber qué más hacer, cerró los ojos.
Diego extendió su brazo y la abrazó con fuerza. Alrededor, todo parecía silenciarse; no había ningún sonido. Ambos solo podían escuchar sus propios latidos, o tal vez el latido del corazón del otro.
—Ire... —Diego susurró en su oído—. Dame una oportunidad. Lo que quieras, lo que tenga, te lo daré, incluso mi vida.
—¿Para qué quiero tu vida...? —Irene lo empujó suavemente.
—¡Si alguna vez te enojas, puedes matarme de un cuchillazo! —Dieg