—No me voy... —Diego seguía arrodillado.
—Entonces quédate así.
—Ire, no estoy arrodillado para obligarte a que me digas algo... —Diego se apresuró a explicar al ver que Irene se enojaba.
—¡Entonces levántate!
—Arrodillado... me siento un poco mejor.
—¡Feli ya lo vio! ¿No te da vergüenza? —Irene se irritó—. ¡Levántate ya!
—¿Vergonzoso? No estoy arrodillado ante nadie más. —Diego respondió—. Quiero que sepa desde pequeño que si hace algo mal, debe ser castigado.
—Mi hijo no necesita que tú le ens