—¡Ire! —Sam estaba tan asustado que solo se sintió tranquilo al abrazarla—. ¿Estás bien?
—Estoy bien. —Irene le dio unas palmaditas en la espalda para reconfortarlo.
Diego observaba desde un lado, con el dolor reflejado en sus ojos.
Él había sido quien la abrazó justo antes, pero ahora otro hombre podía hacer lo mismo y consolarla sin problemas.
Diego apretó los puños, tratando de controlar la punzada de celos y tristeza que lo invadía. Una vez, él había sido el esposo legítimo de Irene. Tenía u