Fuera había un poco de ruido, pero para los dos que acababan de pasar por un momento de vida o muerte, ese bullicio se volvía vívido, permitiéndoles relajarse y sentirse seguros.
—Ya está, déjame bajar...
—No puedo. —Diego la levantó un poco más—. Es más seguro así.
—Pero...
Irene no se atrevía a moverse. Diego tampoco dijo nada. En el espacio reducido, la temperatura parecía haber subido de golpe.
—Diego... —Irene sintió que su propio cuerpo se calentaba—. Déjame bajar...
—Ire...
En la oscurida