—Señor Alvarado, eres muy directo, así que seré clara: no tengo sentimientos hacia ti. Lo siento, solo quiero que nuestra relación se limite a ser socios. —Irene habló con firmeza.
—¿De verdad, doctora Vargas, no quieres darme ni una oportunidad?
—No. —Irene fue contundente.
Ezequiel se rio, sorprendido.
Era la primera mujer que se atrevía a hablarle así.
—Está bien. —Ezequiel levantó la caja de herramientas que llevaba—. Entonces, ¿podemos ser amigos? O al menos, ¿déjame arreglar la regadera?
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