Amelia regresó a su oficina con la mente en ebullición. Las imágenes de la pelirroja irrumpiendo en el despacho de Maximilian, la actitud descarada de esa mujer, se repetían una y otra vez en su cabeza. Algo la atravesaba, una punzada aguda que, aunque no quería admitirlo, reconocía como celos, de esos que duelen y queman. No podía evitar sentirse furiosa al no tener idea de quién era esa "abusadora" y por qué se sentía con el derecho de actuar de esa manera.
El pulso le latía con fuerza, una