En la mesa del desayuno, a pesar de la presencia de los trillizos, Amelia sentía el peso de la mirada intensa de Maximilian. Esos ojos azules, ahora, eran un océano en el que ella nadaba a contracorriente; tan profundos que la hacían sentir ahogada, pero al mismo tiempo, siempre la cautivaban con su belleza.
— Niños, los animo a contarme cómo les ha ido en la escuela —comenzó Maximilian, alternando su mirada entre sus hijos y Amelia, quien, callada, reflejaba su timidez evidente.
— Bueno, papá,