Alessandro abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz cegadora que inundaba la habitación. Sentía la cabeza pesada y el cuerpo adolorido, pero la presencia de Sofía a su lado logró disipar la bruma que nublaba su mente.
—Sofía... —susurró con voz ronca, sintiendo una oleada de alivio al verla.
Ella le dedicó una mirada llena de preocupación y le tomó la mano con delicadeza.
—Alessandro, gracias a Dios que has despertado —suspiró con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas—. Esta