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Cuando Maximilian regresó a casa esa noche, el silencio inicial de la sala lo envolvió, un velo familiar que no esperaba se rompiera. Pero, de repente, las luces se encendieron, y allí estaba Amelia, de pie, esperándolo. El hombre se paralizó, un atisbo de sorpresa en sus ojos. Ella se levantó del sofá con una lentitud casi ceremonial y se acercó a él, la voz llena de una sinceridad que le rasgó el alma.

—Maximilian —comenzó Amelia, sus ojos brillando con una humedad que no se había atrevido
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