Maximilian miró la hora en su reloj de muñeca, una ceja arqueada por la extrañeza. Su asistente, Giselle, aún no regresaba. Tenía tanto por hacer, un torbellino de papeleo y decisiones, que no reparó demasiado en su tardanza, sumergiéndose de nuevo en la vorágine de sus pendientes. El café que había pedido, sin embargo, permanecía ausente.
Mientras tanto, Giselle se sintió extrañamente conmovida cuando Joseph rodeó el auto para abrirle la portezuela de su lado. Jamás había conoc