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Esa mañana, la mesa del desayuno era un mosaico de voces y sonrisas. Amelia estaba sentada junto a los trillizos, y Renata, por petición propia, compartía el inicio del día con ellos. Fue entonces cuando Maximilian hizo acto de presencia, su figura llenando el umbral del comedor. Un saludo cariñoso resonó, un "buenos días" que parecía traer un soplo de aire fresco a la habitación. Se acercó a sus hijos, primero besó la mejilla de su pequeña Lily, que irradiaba luz, y luego se dirigió a los var
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