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Maximilian recargó su espalda en el asiento de su oficina, observando cómo Joseph hacía acto de presencia. Joseph, con su habitual desparpajo, se acercó, la curiosidad brillando en sus ojos, y se ubicó frente a él, las manos apoyadas en el escritorio.

—¡Ay, amigo mío! —exclamó Joseph, con un tono que mezclaba reproche y afecto—. Estoy tratando de comunicarme contigo desde hace varios días y no me tomas el teléfono. Supongo que has estado atareado con todo lo del trabajo y tras lo que pasó con l
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