Amelia se desperezó, el sol ya se filtraba por las rendijas de las cortinas, pintando la habitación de un dorado suave. A diferencia de otras mañanas, el peso del desánimo no la oprimía. Una energía inusual la impulsaba a levantarse, a dejar atrás la cama y las sombras de la melancolía que a menudo la acompañaban. Se irguió, estirando los brazos por encima de la cabeza y una sonrisa tenue se dibujó en sus labios. Sabía que esta vez sería diferente.
Al salir de la habitación, el aroma a café rec